Tiago Mendes

La historia viene de antes, cuando Quique Flores era el técnico del Atlético de Madrid a la llegada de Tiago Cardoso Mendes al club del Manzanares. El portugués ya se convirtió en una pieza de valor en los partidos de Liga y Copa de aquella campaña, pues en Europa League, la que conquistaron frente al Fulham, no podía jugar por haber debutado en competición europea con su anterior club, la Juventus de Turín. Sus lágrimas en el Camp Nou, ante la exhibición de Jesús Navas en la final de Copa de 2010 serían el principio, uno cuya relevancia Tiago desconocía, y el que depararía una sucesión de historias singulares, algunas propias, otras colectivas, todas de una profundidad mucho mayor que lo vivido hasta ese momento. Habría alguna que otra con la potestad y las vivencias suficientes para explicar el ciclo de Diego Pablo Simeone como entrenador colchonero pero la voz de Tiago sería de las más adecuadas.
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Tiago Mendes llega y aterriza a un Atlético de Madrid, quizás también a un fútbol, de menor continuidad en el juego. Este concepto va a ser básico en este relato, pues Tiago experimentó el significado de esta idea con especial hondura. El portugués diría en 2011 que el esquema con el que se sentía más cómodo y mejor representado era el 4-3-3. Así lo jugó en Chelsea, Lyon, Braga o Benfica, y así jugó bastantes encuentros con Gregorio Manzano, el proyecto del técnico anterior a la llegada de Simeone. Tiago era visto como un tipo con criterio y técnica, un pasador necesario para la distribución, que encajaba en el mediocampo de tres donde un interior tenía cierta libertad para llegar y asistir. Pero la de Tiago era una distribución… agresiva.

Años atrás, Mendes era señalado como un interior de recorrido, que llegaba al área, que arriesgaba en sus decisiones, algo que pudo comprobarse cuando en el 4-4-2 de Quique, junto a Assunçao, tomaba la manija para buscar al espacio a los puntas, para activar incorporaciones. Tiago no buscaba socios y cadenas de pases amplias, no era un futbolista de permanente control. Eso cambió en cierta manera con Manzano, más pendiente de los primeros pases y de crear triángulos en las bandas con extremo y lateral, pero el portugués seguía representando un papel en el que se le permitía fallar. Los planes de aquel Atlético previo al del Cholo buscaban crecer con la pelota. Y Simeone era otra cosa. La táctica era importante, pero el cambio estaba en construir una mentalidad. Tiago Mendes se convirtió en un jugador completamente diferente. Lo que decía y hacía Simeone fue un descubrimiento para él.
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El Atlético volvería al mediocampo de dos, con un trabajo específico de los hombres de banda. Pasados los primeros cinco meses, donde la plantilla del Atlético, heredada, cuajó con el Choloun fútbol muy enérgico, bastante ofensivo, con menos herramientas defensivas para marcar la diferencia a nivel táctico y mental, fue el segundo año el que definió a Tiago como el gran mediocentro del ciclo Simeone, siendo ese el recuerdo que dejará el portugués como pieza de un sistema que durante varias temporadas se erigió como la respuesta más sólida y armada para contrarrestar la capacidad ofensiva de los mejores equipos del mundo, los que tenían a Leo y Cristiano.